
Nuestra amiga Lola siempre me mete en los mejores líos.
Una vez casi abrimos una cafetería en Hangzhou, luego en Shanghai; me buscó un trabajo algo extraño de profesor de inglés en la casa de una familia rica que me da billetes como si fueran papeles de caramelos.
Lola habla inglés perfectamente pero dice, se desdice, mezcla palabras en chino, en inglés, en francés, luego se contradice… no siempre entiendo lo que me propone. Una vez me pidió que si podía hacerle el favor de ir urgentemente a sacar unas fotos que necesitaba para no sé qué trabajo. Al cabo de unos meses me mandó el National Geographic China, y allí, en un artículo que ella había escrito, estaban mis fotos publicadas. “Pero, ¿desde cuando escribes en National Geographic?,” le pregunté. Se encogió de hombros y dijo: “umm.”
Hace unos días me dijo que su jefe, el padre de la niña a la que doy clases de inglés, me necesitaba para algo. Como es una familia encantadora, y por otra parte me pagan muy bien las clases que le doy a la hija, le dije sin pensar que contara conmigo.
El padre de mi alumna tiene una galería de arte y ayer organizó una subasta de algunas obras en un hotel cinco estrellas muy cerca de mi nuevo piso.
No me imaginaba la dimensión que iba a tener el asunto. Había cientos de personas. Cadillacs y porches aparcados en la puerta; chóferes de guante blanco esperando a sus amos, hombres fumando puros, señoras con cadenas de oro y señoritas con minifalada sacando pecho. Cuando llegué a la dirección que me había indicado Lola y vi el panorama, decidí pedalear unos metros más para dejar mi bicicleta en la parte de detrás. Me puse mi traje y la correspondiente corbata en unos servicios del McDonald’s de enfrente. El minuto que me costó cruzar la calle y llegar hasta la recepción del hotel fue suficiente para dejar mi camisa llena de sudor. El día abrasaba.
Me registré en la puerta de la sala de subastas del primer piso. Di mi pasaporte para entrar y a cambio me entregaron una cartulina con un número con el que hacer mis pujas.
Me senté al final de la sala entre un hombre engominado y una chica joven.
Mi trabajo consistía en pujar por siete obras de arte de las cuales tenía yo una descripción exacta y una foto en una libreta. No sé cuál era el objetivo final de mi trabajo, yo creía que simplemente dinamizar la subasta. Me habían dado un límite tope por el que pujar. Enseguida me di cuenta de que no iba a ser tan fácil seguir el ritmo, porque los precios los gritaba una moderadora en chino a una velocidad vertiginosa. Había una pantalla que indicaba el precio al que se había llegado en un momento dado pero iba con cierto retraso con respecto a la realidad. En cuanto me imaginé levantando mi cartulina entre toda esa gente, no estando seguro de por qué precio pujaba, el estómago se me cerró de alguna manera y empecé a mirar a mi alrededor como si estuviera flotando por un sueño.
El hombre de mi derecha no iba tan bien vestido como el resto de la sala. Llevaba un polo rojo, pantalón campero a cuadros y zapatillas de deporte. Mascaba chicle, se tocaba frecuentemente la nariz y parecía totalmente indiferente a la subasta.
La chica de mi izquierda tenia la cabeza tapada por un pañuelo que acababa en un lazo en su cuello y llevaba unas gafas de sol de cristal muy oscuro. Las gafas casi le cubrían toda la cara, parecían dos platos de postre. Tenía una nariz pequeña y los labios pintados muy cuidadosamente.
Lola me había dicho que si nos encontrábamos que no podíamos saludarnos, que no nos conocíamos. Yo, en cualquier caso, no la veía por la sala. Pero al momento de sentarme me llegó un mensaje: “Ya veo que has llegado. ¿Por qué has traido mochila y tantas cosas? Ve a dejarlas en algún sitio. Dáselas a Cristine.”
Con Lola nunca entiendo nada a la primera. Si no podía traer mochila que me lo hubiera dicho, y tantas cosas no eran tantas. Sólo un libro de chino y unas galletas Tostarica que llevaba bajo el brazo. ¡A ver si los millonarios que compramos arte no podemos comer galletas! Y, ¿quién demonios era Cristine? Le mandé un mensaje preguntándoselo.
Me contestó al instante. “¿No la conoces? ¿Y cómo te has sentado a su lado?” Antes de que terminara de leer el texto ya me había escrito otro mensaje. “Es la chica del pañuelo. Es nuestra cliente. La habitación se la pagamos nosotros, dile que te deje poner tus cosas en su habitación.” Yo miré a todos lados para ver si encontraba a Lola. No la vi. Se me volvió a cerrar el estómago pensando que tenía que pedir a la desconocida de mi izquierda la llave de su habitación. Además, me turbaba que Lola me vigilase desde algún sitio.
La moderadora seguía gritando precios y frases que yo antes solo había oído en las peliculas: “La pieza 210 con una puja de un millon de yuanes adjudicado al caballero de la primera fila.” Empecé a prepararme en chino alguna frase que dijese más o menos: “Oye, perdona, ¿te llamas Cristine?, ¿sabes quien es Lola? Pues dice que si me puedes dejar la llave de tu habitación.” Pero mientras yo estaba repasando mi frase le debió de llegar a la chica del pañuelo un mensaje de Lola y fue ella la que me dijo: “¿Eres David? Dice Lola que si quieres dejar las cosas en mi habitación.” Y me dio discretamente una tarjeta color plateado con el un número de la habitación escrito a bolígrafo: 2080.
(Mensaje para Pello: sí, yo en ese momento también pensé que por 34 números no llegó todo a ser aun más desconcertante.)
Miré a mi alrededor para buscar de nuevo el lugar clave de Lola pero seguí sin verla. No supe realmente qué hacer, pero como quedaban casi dos horas para que empezaran a salir mis obras de arte, decidí coger la tarjeta de la desconocida y subir a dejar mis cosas.
Por el camino, pasillo arriba y abajo, solo podía quedarme fijamente mirando a cada una de las personas con las que me cruzaba. Algunas llevaban bajo el brazo, igual que yo llevaba mis Tostarica, cuadros que acababan de comprar. No me podía imaginar que cuando uno compra una obra de arte en una subasta luego se la dan en una bolsa como si fuera el Corte Inglés. Por cada persona que me crucé, mi cerebro creó una historia. Vi a tantos blanqueadores de dinero, tantas prostitutas, tantos maletines cargados de billetes, de armas, de heroína, que subí a la 2080 sobrellevando el pánico y la curiosidad que me provocaban esos pasillos, huyendo y a la vez deseando volver al primer piso donde se estaban subastando las obras de arte.
En el ascensor me llegó otro mensaje de Lola: “¿Dónde estás? En serio no conocías a Cristine.” Resoplé. Y me volví a guardar el móvil en el bolsillo. No quería contestarle. Me bajé en el piso 20. Busqué la habitación 80. Metí la tarjeta y la cerradura hizo un sonido de bip bip y se abrió. Mi móvil también sonó, como si estuviera acompañando a la cerradura. Entré y me quedé boquiabierto frente al ventanal de la habitación. Nunca había visto una suite así de grande y me costó reparar en el desorden dentro de aquella inmensidad. Había ropa interior por el suelo, zapatos, pinturas y botes de maquillaje por todas partes. El aire estaba cargado, pegajoso, casi como el del húmedo calor veraniego de Shanghai que se respiraba en la calle. Pero dentro de la habitación hacía mucho frío; se había dejado el aire acondicionado encendido. Saqué otra vez mi móvil y leí el nuevo mensaje de Lola: “Te acuerdas que te dije que iba a venir una chica que había sido miss China: es Cristine. Ves como si la conoces.” Algo me empezó a sonar en aquel momento. Quizás me lo había comentado. Pero no supe por qué insistía tanto en que ya la había conocido. No le di más importancia, son cosas de Lola, nunca acabo de entender todo. Pero no me dejaba de sorprender la casualidad de haberme sentado a su lado y lo extraño de estar en su habitación en ese momento.
Dejé mi mochila junto a unas pinzas de rizar pestañas que parecían herramientas de tortura, y guardé bien mis galletas en el fondo de mi bolsa. Observé mi alrededor antes de irme de la suite de miss China. Vi al fondo unas botellas vacías sobre unas toallas usadas y por fin reconocí el olor que cargaba el ambiente: era el viscoso y dulce aroma del licor de arroz chino.
Bajé de nuevo a la sala de subastas y me senté en el sitio de antes. Cristine ya no estaba allí así que no pude devolverle la tarjeta. “Ya se la daré luego a Lola”, pensé. El hombre del polo rojo seguía en la misma posición.
Empecé a juguetear con la cartulina que marcaba mi número de pujador. Tras registrarme, ese número había quedado ligado definitivamente a mi pasaporte. Pensé que nunca había tenido en mis manos una herramienta que, teniendo una forma tan inofensiva, pudiera tontamente hacerme cometer una cagada muy cara. Pensé que con un pequeño movimiento de muñeca podía poner a mi nombre cualquiera de esas obras; por lo menos hasta el momento en el hubiera que pasar la tarjeta de crédito. Decidí dejar mi cartulina sobre el suelo hasta que aparecieran los cuadros que tenía que comprar.
(Mensaje para Leire: sí, yo también pensé en cómo se lo habría pasado Joey.)
Las cifras iban muy rápido y pronto llegó mi primera obra. En cuanto el crupier dijo: “empieza la puja del artículo 258, “El hombre de hielo” de Wei Bo Luo, por 300.000 yuanes.” Yo con una mano que en mi vida me había temblado tanto levanté la papeleta. Enseguida me señaló desde el estrado el moderador y añadió: “ofrecen 310.000 yuanes allí al fondo.” Miró a su izquierda y a su derecha y añadió: “¿Quién da más?”
Creo que me empecé a poner colorado, todo el mundo estaba en silencio, nadie parecía querer pujar por esta obra. Miré detenidamente la imagen del cuadro que salía en la pantalla gigante al fondo, y sentí vergüenza, creo que era la primera vez en mucho tiempo que sentia verdadera vergüenza. Pagar unos 30.000 euros por algo realmente tan feo. “El hombre de hielo” era sin duda algo que yo podía haber pintado cuando tenía cinco años. Me vino a la mente mi primera guardería y quedé abstraido en mis recuerdos de cuando pintaba con los dedos vasos de yogures Danone y aún tenía por delante una carrera de artista que luego se vio frustrada en las siguientes guarderías en las que no reconocieron mi talento. En esos días sin problemas yo podía haber pintado algo mejor que el “hombre de hielo”.
Una azafata vino hacía mí y me sacó de mis pensamientos. Traía una hoja con un espacio para mi firma junto a una cifra: 310.000. Entonces miré a mi alrededor y vi que ya la atención estaba puesta en el siguiente artículo. Yo era el comprador de “El hombre de hielo.” Había ganado la puja, nadie había dado más. Miré otra vez la foto del cuadro en mi cuaderno de notas que me había entregado Lola el día anterior junto con las instrucciones y las descripciones para reconocer mis obras. Realmente firmé con desgana. Sentí que me habían timado. Pensé que la obra me parecía cada vez más y más fea, y me dije: “he comprado el hombre de mierda.” Pero no hay que arrepentirse nunca de lo que uno hace, así que intenté convencerme: “tampoco es tan horrible, lo puedo poner en el salón junto al póster de hockey. Puedo ponerlo en mi consulta de médico o puedo regalarselo a alguien en algún cumpleaños y explicarle que es un regalo muy caro.”
La azafata seguía esperando mi firma. Mientras decidía donde iba a colocar mi obra empecé a asumir de nuevo que yo no tenía salón, ni consulta, ni quería hacerle a nadie la putada de regalarle semejante criatura. Y en ese momento, sintiéndome afortunado de no haber sido realmente timado porque no iba a ser yo quien pagara ni se lo quedara, el señor repeinado de mi derecha me dijo sin cambiar la cara de indiferencia que había tenido en todo momento: “Interesante compra.” Yo me puse derecho en la silla, me apreté la corbata después de coger el resguardo que me daba la azafata y le respondí al hombre: “Sí, hace tiempo que ando detrás de ella.”
No di crédito a mis propias palabras. ¿Me había vuelto loco o qué? ¿Cómo podía mentir en chino con tanta fluidez y luego trabarme la lengua al pedir comida en un restaurante?Estaba absolutamente metido en mi papel. No supe si preocuparme. El hombre me preguntó de qué país vengo. Es lo primero que preguntan los chinos siempre cuando conocen a un extranjero, estoy acostumbrado a esta pregunta, me la hacen decenas de veces al día. Pero en ese momento mirando mi factura de la obra que acababa de comprar me di cuenta que no me lo estaba preguntando a mí, sino al joven elegante que acababa de adquirir “el hombre de hielo”, y me di cuenta de que podía ser cualquier persona del mundo y de cualquier país. Y podía serlo sin sentirme mal, porque ese era precisamente mi trabajo.
Creo que me sorprendió mucho más a mí que a él cuando de mi boca salio: “Egipto, vengo de Egipto.”
El hombre que lo mismo le debía de dar España que Egipto que Arabia Saudí, porque fuera de China todos somos muy parecidos, afirmó con la cabeza y siguió mirando al infinito de la sala. Yo me empecé a repeinar hacia atrás usando la mano y también miré al infinito. Empecé a echar de menos a mi mujer y a mis hijos que se tuvieron que quedar en El Cairo por tener exámenes finales de Corán. Y luego pensé si estas navidades volveríamos a ir a visitar a la familia que vive cerca de las pirámides o nos daríamos por fin el crucero en el Nilo que tantos años llevo prometiendo a Mohamed.
Cuando volví a prestar atención a la subasta ya estaba a punto de aparecer otra de las obras que yo tenía que comprar. Antes de que la proyectaran en pantalla ya tenía agarrada mi papeleta y la mano me había empezado a temblar otra vez.
En cuanto el crupier dio la orden de salida levanté la papeleta y mi nuevo precio quedó indicado en la pantalla. Me di cuenta de que el hombre del polo rojo había cambiado de posición, parecía que había adquirido repentinamente interés por la subasta. Seguía reclinado hacia atrás pero ahora agitaba despacio entre sus manos una cartulina como la mía.
Alguien pujó en el frente de la sala. Antes de que me diera tiempo a ofrecer un nuevo precio, el valor de la obra ya había superado los límites de lo que en mi cuadernillo se me permitía pagar: 300.000 euros. Así que dejé mi cartulina en el suelo para asegurarme de no cometer ningún error.
Enseguida la obra superó los 700.000 euros. Parecía que era una obra que interesaba a mucha gente. Se veía levantar cartulinas por toda la sala. En ese momento yo era el que ponía cara de indiferencia. Intenté que de mi expresión se entendiera: “No lo compro porque no quiero.”
El precio llegó al millón de euros. Pensé que podrían retransmitir esto en la tele. Seguro que tendría audiencia. Es casi tan emocionante como el tenis. El precio va subiendo, las papeletas se van levantando a un lado y a otro de la sala y en un momento dado, cuando el resto de pujantes se ha retirado, sólo quedan dos, y es ahí cuando se convierte en algo incluso más interesante que el tenis. “Millón diez mil, ofrece el hombre del fondo”, “millón veinte mil, ofrece el caballero de la primera fila” y al final la pelota toca la red y bota despacio y todo el mundo guarda la respiracion, y el crupier dice: “millón veinte mil a la de una, millón veinte mil a la de dos …” y entonces el tenista de la subasta se estira, se lanza a la hierba y grita “Millón treintamil.” Y la pelota vuelve a pasar al campo contrario y en toda la sala se oye un “ohhhhh”. Y todo el mundo vuelve a respirar.
De esta manera, cuando el moderador dijo “millón treintamil a la una, millón treintamil a las dos”, el hombre sentado a mi lado de polo rojo, que aun no había pujado por esta obra, aunque llevaba un buen rato que parecía preparado para hacerlo, levantó su cartulina y gritó: “¡millón cien mil!” La sala entera se giró hacia nosotros. Todo el mundo empezó a hablar. Como si hubieran visto una jugada magistral de Nadal. Parecía que la gente se iba a poner a aplaudir.
Yo seguí con mi cara: “No lo compro porque no quiero.”
Y el partido pareció comenzar de nuevo con dos rivales diferentes: el hombre sentado a mi lado y el caballero de la primera fila.
Los dos hombres aumentaban de 50.000 en 50.000 yuanes. Estuve convencido de tener en mis manos el nuevo reality: “Subastadores.” “Esto en telecinco triunfa seguro”, me dije. Si se hace una pequeña presentación en profundidad de los pujadores contando cuántas mujeres tienen, problemas pasados con la justicia, se indaga un poco sobre sus aficiones de media noche: tenemos una gallina de huevos de oro. Si no fuera porque la lucha por la obra de arte estaba tan interesante, hubiera sacado mi libreta en ese mismo momento para preparar un proyecto que vender a la cadena.
La obra acabó en manos del hombre que estaba sentado a mi lado por 2.300.000 euros (alrededor de los 20 millones de yuanes). Cuando el moderador dijo: “¡Adjudicado!” La sala entera estalló en aplausos. Él volvió a tomar la posición que había guardado toda la mañana, reclinándose en la silla. Yo saqué pecho y, intentando mostrar desdén, con la indiferencia de quien compra obras como esas todos los días, le dije: ”Buena compra.” “Lo sé”, respondió con cara de satisfecho.
Miré la foto de su obra de arte que consistía en una montaña y unos palos de bambú pintados con óleo y me dio envidia. No podía sacarme de la cabeza mi aberrante “hombre de mierda.”
Aún me quedaban cinco obras por comprar. Pujé por todas ellas pero solo gané dos. Todas eran más bonitas e interesantes que la primera. En total gasté medio millón de euros.
Cuando la subasta acabó, de repente pensé: “¿Y ahora que hago?” Le escribí a Lola preguntando precisamente eso: “¿Qué hago con las facturas?” En la explicación que me había dado el día anterior no había ninguna indicación sobre qué hacer si me adjudicaban alguna obra. Me daba miedo salir de la sala con esos recibos. Pensé a dónde me podría llevar todo esto si me dijesen que tenía que pagar medio millón de euros.
En peores me había visto, pensé. Así que me quedé esperando el mensaje de Lola en la sala de subastas que ya estaba casi vacía, tranquilamente, repasando de memoria algunos caracteres chinos y pensando cuánto echaba de menos El Cairo.