Viaje al Oeste y Cien años de Soledad

Salí despavorido de Shanghai hace tres meses cuando llegó el calor como un turista veraneante que quería, con su humedad, asfixiarnos a todos.

Aunque no se diría que es el Oeste, sino el centro de China, más allá solo está Tibet.

Llegué al SurOeste de China, a una región donde dicen hay cuatro primaveras al año, las nubes siempre lejanas quedan al norte, blancas y brillantes y los locales invitan a los foráneos a beber licores cristalinos y perfumados para que se sientan como en casa.

En las pequeñas ciudades a las que llegué conviven gentes de etnias milenarias y pueblos de reinos pretéritos que cantan cada noche canciones tradicionales para no olvidarse ellos mismos de que existen. Entre los bailes folclóricos, las comidas especiadas, las leyendas y las historias que compartían los lugareños, y entre alcoholes que queman la garganta como si uno bebiera un cristal de cuarzo ardiendo, encontré inesperadamente el lugar perfecto de tranquilidad para estudiar y organizar mi trabajo.

También descubrí que era un lugar ideal para aprender Chino porque la cantinela de los turistas es siempre en mandarín. Al juntarse gente de tantos lugares y cada uno tener un dialecto diferente la única manera de comunicarse es en el idioma común: el mandarín. En Shanghai la insistencia, muy respetable por otra parte, de los locales en hablar en Shanghaines hace desesperarnos a los que intentamos aprender la lengua común.

En estos meses no he parado de volver a Shanghai para cumplir con los compromisos que guardo aquí, pero no he pasado ni un minuto más del necesario. Un instante antes de notar que la olla exprés en la que se había convertido la ciudad me estaba dejando al dente, un instante antes de cocerme del todo y convertirme en un espagueti inservible, ya volvía a salir disparado hacia el Oeste del país.

Una de las ciudades más turísticas de China, donde sorprendentemente encontré sosiego

Al mezclarme casi exclusivamente con viajeros chinos mi manejo del idioma ha dado un salto importante hacia adelante y mi cultura general sobre este país ha crecido considerablemente. He comprendido que dependiendo de que parte de China vengas tu visión general del país va a cambiar considerablemente. He afinado la oreja para no perder palabra de las historias que me contaba cada cual, cada uno hablando mandarín con su acento peculiar de su lugar de origen, y sin moverme del Oeste he podido viajar por todo el país: los amigos de Mongolia Interior me hablaron de las praderas, los de Cantón de la explosión económica, los de Sichuan de la comida más picante del mundo, los de Xian de estatuas de caballeros enterrados hace cientos de años, los de Shanghai me hablaron del calor…

El último mes ha consistido en hacer de guía turístico y de hijo. Dos tareas muy complejas y más si se hacen a la vez.

Mis padres volvieron a España hace unos días, después de estar un mes conmigo repitiendo las idas y vueltas entre el Oeste y Shanghai que yo había hecho los meses anteriores.

De los tres meses en el Oeste me queda: un miedo irracional a volar que me ha surgido de tanto ir y venir y subir y bajar de las nubes; amigos perdidos por todo el territorio chino; algunos acordes nuevos en la guitarra; un mes maravilloso en familia; y cientos de pensamientos sobre una escuela que colgaba de las nubes, aislada de todo, a una hora en camioneta del ordenador más cercano, y a la que llegué por casualidad, o por suerte, y de la que hoy solo pongo una foto en espera de organizar todos esos pensamientos.

La escuela que creció en las nubes

El verano, por sorpresa, ha acabado hoy.

Desde que se fueron mis padres y me quedé en Shanghai, no he parado de trabajar, de organizar los asuntos que tenía pendientes, y de leer. Absorbido por todo esto no me he dado cuenta de nada. Cuando he concluido los Cien años de soledad en los que llevaba sumergido los últimos siete días, respirando de nuevo tras un fascinante último capítulo, me he dado cuenta de que el sol ya no quemaba y que el aire era respirable.

Hoy recuerdo por qué me gusta Shanghai a pesar de todo: porque nos hicimos amigos un otoño y así lo guardo en mi memoria. Fresco, soleado, paseable, tranquilo, con terrazas, con olores de vendedores ambulantes de castañas, con parques dinámicos, amigable, vivible, lleno de cosas nuevas por las que no hay que morir ahogado por el calor o congelado por el frío para descubrirlas… Al volverlo a ver de esta manera, tras recuperar la consciencia al cerrar mi libro, me he vuelto a sentir como el que llega a casa y simplemente se sienta en el sofá y está feliz de estar sobre su sofá. Su sofá de siempre. Y así, agarrado al hombro de mi viejo amigo Shanghai, agradecido de que volviera ser el de otro tiempo, le he contado lo fascinante que era el libro que acababa de leer.

Cien años de soledad ha sido de los pocos libros que he estado a punto de dejar a mitad. El primer capítulo me pareció maravilloso y según continué leyendo vertiginosamente, metiéndome en su mundo fascinante de exploradores, inventores, hermanos y primos y familiares lejanos que se enredan unos con otros hasta no saber quién es quién, coroneles que pierden guerras infinitas, solitarios que emprenden viajes interiores en sus habitaciones consultando pergaminos, mujeres centenarias que ven la decadencia de su linaje, llegué a saturarme de tanta magia, de la que además normalmente no soy aficionado, y me abochorné con tanta descripción genial, que casi lo abandono.

Es que es un libro que puede provocar ansiedad por conocer el final, por otra parte ya anunciado, del pueblo caribeño de Macondo. Por eso le recomiendo a mi amigo Shanghai, mientras le paso el brazo por encima del hombro, algo que nunca me imaginé a mi mismo recomendando. Que se lea el primer y el último capítulo, que son en si mismos fascinantes en su historia, en sus palabras, en su estructura, y considere el libro leído. Y que lo retome algún tiempo después de principio a fin para leerlo como se leen los libros que se releen: calmadamente, disfrutando de las palabras, recordando cuando se leyó por primera vez y saltándose los pasajes que gustaron menos. Este es un libro tan mágico que se puede releer sin haberlo leído.

Hoy vuelvo a sentirme asentado en la ciudad con mi amigo Shanghai como compañero, aunque sé que no tardará en traicionarme. Porque Shanghai, de la misma manera que entró en otoño de repente hoy por la tarde, hará un paso igual de brusco, pero más desagradable, al invierno.

Pero eso será más adelante. Ahora es otoño y son los días más agradables que tiene la ciudad. Hay que saber disfrutarlos.

Posted in China, Fotos, Lugares, Yunnan | Leave a comment

Fotos del 90 aniversario

Posted in Fotos | 3 Comments

Érase una vez una facultad

Hoy he estado revisando fotos y he recordado que había una vez una facultad de medicina en la que la decana era decana y paciente y enfermera a la vez. Todo el mundo la respetaba y la quería.

En esta facultad los alumnos estaban bien instruidos. El buen trato al paciente y a los colegas era el precepto fundamental que tenían que aprender los futuros médicos. Allí se dominaban todos los campos de la medicina general. Porque allí se aprendía no solo con libros sino también con cuentos y con canciones. Se dibujaba en las mesas y también en las paredes. Los alumnos se enseñaban entre ellos y disfrutaban aprendiendo. En definitiva, en esa facultad se crecía.

Todos los idiomas estaban permitidos porque la medicina es universal y esta era una verdad aceptada por todo el mundo.

Y la práctica se imponía a la inerte teoría de los voluminosos libros.

También había algunos avanzados que empezaban a especializarse, por ejemplo, en otorrinología.

Posted in Erase una vez | 5 Comments

El día que gasté medio millón de euros

Nuestra amiga Lola siempre me mete en los mejores líos.

Una vez casi abrimos una cafetería en Hangzhou, luego en Shanghai; me buscó un trabajo algo extraño de profesor de inglés en la casa de una familia rica que me da billetes como si fueran papeles de caramelos.

Lola habla inglés perfectamente pero dice, se desdice, mezcla palabras en chino, en inglés, en francés, luego se contradice… no siempre entiendo lo que me propone. Una vez me pidió que si podía hacerle el favor de ir urgentemente a sacar unas fotos que necesitaba para no sé qué trabajo. Al cabo de unos meses me mandó el National Geographic China, y allí, en un artículo que ella había escrito, estaban mis fotos publicadas. “Pero, ¿desde cuando escribes en National Geographic?,” le pregunté. Se encogió de hombros y dijo: “umm.”

Hace unos días me dijo que su jefe, el padre de la niña a la que doy clases de inglés, me necesitaba para algo. Como es una familia encantadora, y por otra parte me pagan muy bien las clases que le doy a la hija, le dije sin pensar que contara conmigo.

El padre de mi alumna tiene una galería de arte y ayer organizó una subasta de algunas obras en un hotel cinco estrellas muy cerca de mi nuevo piso.

No me imaginaba la dimensión que iba a tener el asunto. Había cientos de personas. Cadillacs y porches aparcados en la puerta; chóferes de guante blanco esperando a sus amos, hombres fumando puros, señoras con cadenas de oro y señoritas con minifalada sacando pecho. Cuando llegué a la dirección que me había indicado Lola y vi el panorama, decidí pedalear unos metros más para dejar mi bicicleta en la parte de detrás. Me puse mi traje y la correspondiente corbata en unos servicios del McDonald’s de enfrente. El minuto que me costó cruzar la calle y llegar hasta la recepción del hotel fue suficiente para dejar mi camisa llena de sudor. El día abrasaba.

Me registré en la puerta de la sala de subastas del primer piso. Di mi pasaporte para entrar y a cambio me entregaron una cartulina con un número con el que hacer mis pujas.

Me senté al final de la sala entre un hombre engominado y una chica joven.

Mi trabajo consistía en pujar por siete obras de arte de las cuales tenía yo una descripción exacta y una foto en una libreta. No sé cuál era el objetivo final de mi trabajo, yo creía que simplemente dinamizar la subasta. Me habían dado un límite tope por el que pujar. Enseguida me di cuenta de que no iba a ser tan fácil seguir el ritmo, porque los precios los gritaba una moderadora en chino a una velocidad vertiginosa. Había una pantalla que indicaba el precio al que se había llegado en un momento dado pero iba con cierto retraso con respecto a la realidad. En cuanto me imaginé levantando mi cartulina entre toda esa gente, no estando seguro de por qué precio pujaba, el estómago se me cerró de alguna manera y empecé a mirar a mi alrededor como si estuviera flotando por un sueño.

El hombre de mi derecha no iba tan bien vestido como el resto de la sala. Llevaba un polo rojo, pantalón campero a cuadros y zapatillas de deporte. Mascaba chicle, se tocaba frecuentemente la nariz y parecía totalmente indiferente a la subasta.

La chica de mi izquierda tenia la cabeza tapada por un pañuelo que acababa en un lazo en su cuello y llevaba unas gafas de sol de cristal muy oscuro. Las gafas casi le cubrían toda la cara, parecían dos platos de postre. Tenía una nariz pequeña y los labios pintados muy cuidadosamente.

Lola me había dicho que si nos encontrábamos que no podíamos saludarnos, que no nos conocíamos. Yo, en cualquier caso, no la veía por la sala. Pero al momento de sentarme me llegó un mensaje: “Ya veo que has llegado. ¿Por qué has traido mochila y tantas cosas? Ve a dejarlas en algún sitio. Dáselas a Cristine.”

Con Lola nunca entiendo nada a la primera. Si no podía traer mochila que me lo hubiera dicho, y tantas cosas no eran tantas. Sólo un libro de chino y unas galletas Tostarica que llevaba bajo el brazo. ¡A ver si los millonarios que compramos arte no podemos comer galletas! Y, ¿quién demonios era Cristine? Le mandé un mensaje preguntándoselo.

Me contestó al instante. “¿No la conoces? ¿Y cómo te has sentado a su lado?” Antes de que terminara de leer el texto ya me había escrito otro mensaje. “Es la chica del pañuelo. Es nuestra cliente. La habitación se la pagamos nosotros, dile que te deje poner tus cosas en su habitación.” Yo miré a todos lados para ver si encontraba a Lola. No la vi. Se me volvió a cerrar el estómago pensando que tenía que pedir a la desconocida de mi izquierda la llave de su habitación. Además, me turbaba que Lola me vigilase desde algún sitio.

La moderadora seguía gritando precios y frases que yo antes solo había oído en las peliculas: “La pieza 210 con una puja de un millon de yuanes adjudicado al caballero de la primera fila.” Empecé a prepararme en chino alguna frase que dijese más o menos: “Oye, perdona, ¿te llamas Cristine?, ¿sabes quien es Lola? Pues dice que si me puedes dejar la llave de tu habitación.” Pero mientras yo estaba repasando mi frase le debió de llegar a la chica del pañuelo un mensaje de Lola y fue ella la que me dijo: “¿Eres David? Dice Lola que si quieres dejar las cosas en mi habitación.” Y me dio discretamente una tarjeta color plateado con el un número de la habitación escrito a bolígrafo: 2080.

(Mensaje para Pello: sí, yo en ese momento también pensé que por 34 números no llegó todo a ser aun más desconcertante.)

Miré a mi alrededor para buscar de nuevo el lugar clave de Lola pero seguí sin verla. No supe realmente qué hacer, pero como quedaban casi dos horas para que empezaran a salir mis obras de arte, decidí coger la tarjeta de la desconocida y subir a dejar mis cosas.

Por el camino, pasillo arriba y abajo, solo podía quedarme fijamente mirando a cada una de las personas con las que me cruzaba. Algunas llevaban bajo el brazo, igual que yo llevaba mis Tostarica, cuadros que acababan de comprar. No me podía imaginar que cuando uno compra una obra de arte en una subasta luego se la dan en una bolsa como si fuera el Corte Inglés. Por cada persona que me crucé, mi cerebro creó una historia. Vi a tantos blanqueadores de dinero, tantas prostitutas, tantos maletines cargados de billetes, de armas, de heroína, que subí a la 2080 sobrellevando el pánico y la curiosidad que me provocaban esos pasillos, huyendo y a la vez deseando volver al primer piso donde se estaban subastando las obras de arte.

En el ascensor me llegó otro mensaje de Lola: “¿Dónde estás? En serio no conocías a Cristine.” Resoplé. Y me volví a guardar el móvil en el bolsillo. No quería contestarle. Me bajé en el piso 20. Busqué la habitación 80. Metí la tarjeta y la cerradura hizo un sonido de bip bip y se abrió. Mi móvil también sonó, como si estuviera acompañando a la cerradura. Entré y me quedé boquiabierto frente al ventanal de la habitación. Nunca había visto una suite así de grande y me costó reparar en el desorden dentro de aquella inmensidad. Había ropa interior por el suelo, zapatos, pinturas y botes de maquillaje por todas partes. El aire estaba cargado, pegajoso, casi como el del húmedo calor veraniego de Shanghai que se respiraba en la calle. Pero dentro de la habitación hacía mucho frío; se había dejado el aire acondicionado encendido. Saqué otra vez mi móvil y leí el nuevo mensaje de Lola: “Te acuerdas que te dije que iba a venir una chica que había sido miss China: es Cristine. Ves como si la conoces.” Algo me empezó a sonar en aquel momento. Quizás me lo había comentado. Pero no supe por qué insistía tanto en que ya la había conocido. No le di más importancia, son cosas de Lola, nunca acabo de entender todo. Pero no me dejaba de sorprender la casualidad de haberme sentado a su lado y lo extraño de estar en su habitación en ese momento.

Dejé mi mochila junto a unas pinzas de rizar pestañas que parecían herramientas de tortura, y guardé bien mis galletas en el fondo de mi bolsa. Observé mi alrededor antes de irme de la suite de miss China. Vi al fondo unas botellas vacías sobre unas toallas usadas y por fin reconocí el olor que cargaba el ambiente: era el viscoso y dulce aroma del licor de arroz chino.

Bajé de nuevo a la sala de subastas y me senté en el sitio de antes. Cristine ya no estaba allí así que no pude devolverle la tarjeta. “Ya se la daré luego a Lola”, pensé. El hombre del polo rojo seguía en la misma posición.

Empecé a juguetear con la cartulina que marcaba mi número de pujador. Tras registrarme, ese número había quedado ligado definitivamente a mi pasaporte. Pensé que nunca había tenido en mis manos una herramienta que, teniendo una forma tan inofensiva, pudiera tontamente hacerme cometer una cagada muy cara. Pensé que con un pequeño movimiento de muñeca podía poner a mi nombre cualquiera de esas obras; por lo menos hasta el momento en el hubiera que pasar la tarjeta de crédito. Decidí dejar mi cartulina sobre el suelo hasta que aparecieran los cuadros que tenía que comprar.

(Mensaje para Leire: sí, yo también pensé en cómo se lo habría pasado Joey.)

Las cifras iban muy rápido y pronto llegó mi primera obra. En cuanto el crupier dijo: “empieza la puja del artículo 258, “El hombre de hielo” de Wei Bo Luo, por 300.000 yuanes.” Yo con una mano que en mi vida me había temblado tanto levanté la papeleta. Enseguida me señaló desde el estrado el moderador y añadió: “ofrecen 310.000 yuanes allí al fondo.” Miró a su izquierda y a su derecha y añadió: “¿Quién da más?”

Creo que me empecé a poner colorado, todo el mundo estaba en silencio, nadie parecía querer pujar por esta obra. Miré detenidamente la imagen del cuadro que salía en la pantalla gigante al fondo, y sentí vergüenza, creo que era la primera vez en mucho tiempo que sentia verdadera vergüenza. Pagar unos 30.000 euros por algo realmente tan feo. “El hombre de hielo” era sin duda algo que yo podía haber pintado cuando tenía cinco años. Me vino a la mente mi primera guardería y quedé abstraido en mis recuerdos de cuando pintaba con los dedos vasos de yogures Danone y aún tenía por delante una carrera de artista que luego se vio frustrada en las siguientes guarderías en las que no reconocieron mi talento. En esos días sin problemas yo podía haber pintado algo mejor que el “hombre de hielo”.

Una azafata vino hacía mí y me sacó de mis pensamientos. Traía una hoja con un espacio para mi firma junto a una cifra: 310.000. Entonces miré a mi alrededor y vi que ya la atención estaba puesta en el siguiente artículo. Yo era el comprador de “El hombre de hielo.” Había ganado la puja, nadie había dado más. Miré otra vez la foto del cuadro en mi cuaderno de notas que me había entregado Lola el día anterior junto con las instrucciones y las descripciones para reconocer mis obras. Realmente firmé con desgana. Sentí que me habían timado. Pensé que la obra me parecía cada vez más y más fea, y me dije: “he comprado el hombre de mierda.” Pero no hay que arrepentirse nunca de lo que uno hace, así que intenté convencerme: “tampoco es tan horrible, lo puedo poner en el salón junto al póster de hockey. Puedo ponerlo en mi consulta de médico o puedo regalarselo a alguien en algún cumpleaños y explicarle que es un regalo muy caro.”

La azafata seguía esperando mi firma. Mientras decidía donde iba a colocar mi obra empecé a asumir de nuevo que yo no tenía salón, ni consulta, ni quería hacerle a nadie la putada de regalarle semejante criatura. Y en ese momento, sintiéndome afortunado de no haber sido realmente timado porque no iba a ser yo quien pagara ni se lo quedara, el señor repeinado de mi derecha me dijo sin cambiar la cara de indiferencia que había tenido en todo momento: “Interesante compra.” Yo me puse derecho en la silla, me apreté la corbata después de coger el resguardo que me daba la azafata y le respondí al hombre: “Sí, hace tiempo que ando detrás de ella.”

No di crédito a mis propias palabras. ¿Me había vuelto loco o qué? ¿Cómo podía mentir en chino con tanta fluidez y luego trabarme la lengua al pedir comida en un restaurante?Estaba absolutamente metido en mi papel. No supe si preocuparme. El hombre me preguntó de qué país vengo. Es lo primero que preguntan los chinos siempre cuando conocen a un extranjero, estoy acostumbrado a esta pregunta, me la hacen decenas de veces al día. Pero en ese momento mirando mi factura de la obra que acababa de comprar me di cuenta que no me lo estaba preguntando a mí, sino al joven elegante que acababa de adquirir “el hombre de hielo”, y me di cuenta de que podía ser cualquier persona del mundo y de cualquier país. Y podía serlo sin sentirme mal, porque ese era precisamente mi trabajo.

Creo que me sorprendió mucho más a mí que a él cuando de mi boca salio: “Egipto, vengo de Egipto.”

El hombre que lo mismo le debía de dar España que Egipto que Arabia Saudí, porque fuera de China todos somos muy parecidos, afirmó con la cabeza y siguió mirando al infinito de la sala. Yo me empecé a repeinar hacia atrás usando la mano y también miré al infinito. Empecé a echar de menos a mi mujer y a mis hijos que se tuvieron que quedar en El Cairo por tener exámenes finales de Corán. Y luego pensé si estas navidades volveríamos a ir a visitar a la familia que vive cerca de las pirámides o nos daríamos por fin el crucero en el Nilo que tantos años llevo prometiendo a Mohamed.

Cuando volví a prestar atención a la subasta ya estaba a punto de aparecer otra de las obras que yo tenía que comprar. Antes de que la proyectaran en pantalla ya tenía agarrada mi papeleta y la mano me había empezado a temblar otra vez.

En cuanto el crupier dio la orden de salida levanté la papeleta y mi nuevo precio quedó indicado en la pantalla. Me di cuenta de que el hombre del polo rojo había cambiado de posición, parecía que había adquirido repentinamente interés por la subasta. Seguía reclinado hacia atrás pero ahora agitaba despacio entre sus manos una cartulina como la mía.

Alguien pujó en el frente de la sala. Antes de que  me diera tiempo a ofrecer un nuevo precio, el valor de la obra ya había superado los límites de lo que en mi cuadernillo se me permitía pagar: 300.000 euros. Así que dejé mi cartulina en el suelo para asegurarme de no cometer ningún error.

Enseguida la obra superó los 700.000 euros. Parecía que era una obra que interesaba a mucha gente. Se veía levantar cartulinas por toda la sala. En ese momento yo era el que ponía cara de indiferencia. Intenté que de mi expresión se entendiera: “No lo compro porque no quiero.”

El precio llegó al millón de euros. Pensé que podrían retransmitir esto en la tele. Seguro que tendría audiencia. Es casi tan emocionante como el tenis. El precio va subiendo, las papeletas se van levantando a un lado y a otro de la sala y en un momento dado, cuando el resto de pujantes se ha retirado, sólo quedan dos, y es ahí cuando se convierte en algo incluso más interesante que el tenis. “Millón diez mil, ofrece el hombre del fondo”, “millón veinte mil, ofrece el caballero de la primera fila” y al final la pelota toca la red y bota despacio y todo el mundo guarda la respiracion, y el crupier dice: “millón veinte mil a la de una, millón veinte mil a la de dos …” y entonces el tenista de la subasta se estira, se lanza a la hierba y grita “Millón treintamil.” Y la pelota vuelve a pasar al campo contrario y en toda la sala se oye un “ohhhhh”. Y todo el mundo vuelve a respirar.

De esta manera, cuando el moderador dijo “millón treintamil a la una, millón treintamil a las dos”, el hombre sentado a mi lado de polo rojo, que aun no había pujado por esta obra, aunque llevaba un buen rato que parecía preparado para hacerlo, levantó su cartulina y gritó: “¡millón cien mil!” La sala entera se giró hacia nosotros. Todo el mundo empezó a hablar. Como si hubieran visto una jugada magistral de Nadal. Parecía que la gente se iba a poner a aplaudir.

Yo seguí con mi cara: “No lo compro porque no quiero.”

Y el partido pareció comenzar de nuevo con dos rivales diferentes: el hombre sentado a mi lado y el caballero de la primera fila.

Los dos hombres aumentaban de 50.000 en 50.000 yuanes. Estuve convencido de tener en mis manos el nuevo reality: “Subastadores.” “Esto en telecinco triunfa seguro”, me dije. Si se hace una pequeña presentación en profundidad de los pujadores contando cuántas mujeres tienen, problemas pasados con la justicia, se indaga un poco sobre sus aficiones de media noche: tenemos una gallina de huevos de oro. Si no fuera porque la lucha por la obra de arte estaba tan interesante, hubiera sacado mi libreta en ese mismo momento para preparar un proyecto que vender a la cadena.

La obra acabó en manos del hombre que estaba sentado a mi lado por 2.300.000 euros (alrededor de los 20 millones de yuanes). Cuando el moderador dijo: “¡Adjudicado!” La sala entera estalló en aplausos. Él volvió a tomar la posición que había guardado toda la mañana, reclinándose en la silla. Yo saqué pecho y, intentando mostrar desdén, con la indiferencia de quien compra obras como esas todos los días, le dije: ”Buena compra.” “Lo sé”, respondió con cara de satisfecho.

Miré la foto de su obra de arte que consistía en una montaña y unos palos de bambú pintados con óleo y me dio envidia. No podía sacarme de la cabeza mi aberrante “hombre de mierda.”

Aún me quedaban cinco obras por comprar. Pujé por todas ellas pero solo gané dos. Todas eran más bonitas e interesantes que la primera. En total gasté medio millón de euros.

Cuando la subasta acabó, de repente pensé: “¿Y ahora que hago?” Le escribí a Lola preguntando precisamente eso: “¿Qué hago con las facturas?” En la explicación que me había dado el día anterior no había ninguna indicación sobre qué hacer si me adjudicaban alguna obra. Me daba miedo salir de la sala con esos recibos. Pensé a dónde me podría llevar todo esto si me dijesen que tenía que pagar medio millón de euros.

En peores me había visto, pensé. Así que me quedé esperando el mensaje de Lola en la sala de subastas que ya estaba casi vacía, tranquilamente, repasando de memoria algunos caracteres chinos y pensando cuánto echaba de menos El Cairo.

Posted in Historia y cuentos chinos | 9 Comments

HSK

El examen HSK es el examen oficial de chino. En total hay 6 niveles: para pasar el más bajo hay que conocer menos de 100 caracteres y tener un chino de conversación básico. Normalmente este nivel con un cursillo de verano de una o dos semanas se puede fácilmente aprobar. En el nivel 6 hay que escribir una redacción de un folio sobre algún tema muy técnico y por lo tanto para pasarlo hay que tener un nivel de lectura y escritura casi nativo. Entre esos dos puntos hay un abanico de grises en el que uno puede probar su habilidad con el idioma.

Ayer me presenté al cuarto nivel. Me fue bien. La parte de escuchar iba mucho más despacio y hablaban mucho más claro de lo que lo hacían en los exámenes que hice en casa para prepararme. La parte escrita consiste en hacer frases con los caracteres que te indica el ejercicio y aparecieron palabras muy simples.

Los amigos que se han presentado a este examen en diferentes niveles todos están contentos con su resultado. Excepto uno que se apuntó a un nivel muy superior que su propia capacidad.

Ahora hay que seguir aprendiendo. Como dice una expresión muy china: “despacio despacio todo llega.” El nivel 6 solo está a dos estaciones de aquí.

Posted in Mandarin | 1 Comment

Hoces y martillos

Shanghai se ha llenado en los últimos días de símbolos comunistas.

Descifrando poco a poco los carteles he llegado a la conclusión de que el Partido cumple años. El 1 de julio se celebran 90 años de la fundación.

Con lo que nos gustan a los humanos los números redondos, sin duda tenemos celebración para rato.

Las hoces, los martillos, las estrellas, las banderas rojas se antojan extrañas decorando las grandes avenidas que discurren entre rascacielos. Las canciones comunistas han empezado a sonar por los altavoces del metro.

Y, ya que sacan el tema, yo aprovecho para preguntar muchas cosas a la gente.

Posted in Uncategorized | 2 Comments

El día de las ciruelas amarillas

Me dijo en chino ayer un amigo: “esta semana empezó el día de las ciruelas amarillas”. Yo no entendí exactamente qué me quería decir pero hice rápido asociaciones mentales: si en el festival del medio otoño se comen tartas de luna, en el festival del dragón se come zongzi…. el día de las ciruelas amarillas tenía que ser algún tipo de fiesta, de la que yo aún no había oído hablar y en la que, lógicamente, se comen ciruelas amarillas.

Y ¿dónde se compran?, le contesté dispuesto a unirme a la celebración. Por su cara entendí que no estábamos hablando el mismo idioma. Me pidió el diccionario que siempre llevo en el bolsillo y buscó la expresión: amarillas-ciruelas-día 黄梅天. Me señaló la traducción: temporada de lluvias.

Me dijo que no sabía de dónde viene esta expresión, que simplemente es un nombre, ¡No insistas David, que no tiene ninguna historia detrás! Pero yo que llevo seis días casi sin salir de casa porque no ha dejado de llover ni un minuto, lo vi claro. O la expresión se refiere a los goterones que caen del cielo, que no tienen nada que envidiar en tamaño a ciruelones amarillos, o bien alguna vez tras este tipo de tormentas crecieron de los adoquines ciruelas amarillas.

Me volvió a repetir mi amigo que no. Que no hay historia detrás de la expresión. Pues nada, si él, que es chino, lo dice, no habrá historia.

Hasta que empezó este “día de las ciruelas amarillas” yo nunca había visto Shanghai tan gris, tan triste y pegajoso. La gente se ha guardado en sus casas a comer ciruelas, por mucho que diga mi amigo que no, y los que se ven obligados a salir no sonríen y caminan concentrados mirando al suelo debajo del paraguas. Todo es un charco. El sol es algo que ocurrió hace tiempo y que nadie recuerda bien. El sonido de la lluvia continuo, continuo, continuo; empieza a ser un taladro que no deja descansar. La ropa, incluso dentro de casa, está mojada, las zapatillas húmedas, el pelo nunca está seco y sólo se habla de una cosa: cuando se acabe el día de las ciruelas amarillas vendrá el, no mucho más deseable, ardor del verano.

Posted in Día a día, Mandarin | Leave a comment

La visita de Llosa

Llosa dio una charla apasionante sobre su vida, en la universidad de estudios extranjeros de Shanghai. Empezó de manera parecida a su discurso de aceptación del premio Nobel: “con cinco años me pasó una de las mejores cosas que me han ocurrido en la vida: aprendí a leer.”

Habló del proceso creativo que le llevó a escribir sus novelas. Dijo que todas sus novelas surgieron de situaciones vividas en la realidad. Habló de cómo algunas situaciones se quedan en su memoria de una manera especial y le hacen imaginar, fabular y crear a su alrededor. Dijo que se ha preguntado toda su vida por qué son estas pequeñas experiencias concretas y no otras las situaciones que han hecho mover su imaginación. La mente humana es incomprensible.

Llosa tiene una manera de hablar pausada, un tempo excelente en su narración. Embelesó a todo el auditorio; excepto a los chinos porque, según me dijeron, la traducción simultanea dejaba mucho que desear.

Cito de memoria lo que dijo para finalizar: “¿Y esto sirve de algo? Esto que yo hago, escribir, ¿sirve de algo? Pues creo que sí. La gente que lee ve que en las novelas el mundo es mejor, tiene más sentido, hasta la sin razón es más comprensible y por tanto cuando sacan la cabeza de su libro y miran la realidad, los lectores se convierten en gente insatisfecha. Saben que un mundo mejor, o más comprensible, es posible. Y la insatisfacción y el deseo de mejorar es el motor del mundo.”

El día anterior había estado visitando el instituto Cervantes y firmó un libro a Leire.

Posted in Fotos | 1 Comment

Despertar

El dueño del piso nos ha levantado tocando la puerta por la mañana. Venía cargado de regalos. Ha traído un nuevo microondas, dos fuegos para la placa de cocina, una parabólica para ver no sé cuantos canales más y un mando para el aire acondicionado. Como es un tipo gordo y bonachón hemos creído que el propio Papa Noel nos había venido a despertar en pleno junio.

Hemos llenado el piso de olor a café y de música suave, y hemos desayunado junto a la ventana unos panecillos chinos recién hechos. Como no tenemos cortinas y frente a mi ventana, a menos de 30 metros, hay otro bloque de casas idéntico al mio, el desayuno ha sido casi compartido con los vecinos que bajaban apresurados por las escaleras para ir al trabajo.

Todos miraban con curiosidad a los dos extranjeros que parecen tener la única ocupación de disfrutar con felicidad del fresco amanecer.

Posted in Día a día | 1 Comment

Anochecer


Hoy hemos ido a recoger las últimas cosas de la antigua casa. Nos hemos parado a mirar este atardecer desde el balcón. Con esta caída del sol se apagaba un día más del contaminado Shanghai y nosotros cerramos una etapa.

Posted in Día a día, Fotos, Shanghai | 2 Comments